13/9/12

El Ascensor cierra su ciclo comercial en salas de La Paz




Fue uno de los estrenos más exitosos de 2009 a nivel nacional. Pese a ello —la película debe tener su ángel— nunca la piratearon, por lo cual no circulan copias en DVD, salvo quizás alguna de esas grabaciones en la sala de cine que tienen mala imagen y peor audio, además de alguna cabeza que se atraviesa delante de la cámara pirata o las risotadas y comentarios de quienes estén alrededor.
Evoco que antes de su estreno en La Paz (en la Cinemateca Boliviana), intenté conminar a quienes por entonces eran mis alumnos en la Universidad Católica a verla, pero salieron con que no querían ir a ver una película cruceña porque su humor era soso, que el adelanto hacía prever una peli aburrida, que parecía un mal remedo de una producción gringa y otras lindezas por el estilo.
Sin embargo, cual apunté en mi comentario de la película, la cinta de Tomás Bascopé está muy bien narrada, pese a que muy bien podría caerse por tratar de la encerrona de tres personajes en un cubículo de 2 x 2 durante casi 90 minutos. El guión, trabajado con el tino necesario para mantener la atención del respetable, y las actuaciones de los tres pilares que soportan/sustentan toda la película hacen llevadera la proyección. 

Johnny, Carlos y Héctor.
Es muy buena la actuación de Pablo Fernández (Héctor en la película; un rostro muy popular en la red PAT hace dos años) en las secuencias introductorias. Luego, se suman a ella las de Jorge Arturo Lora (Carlos) y Alejandro Molina (Johnny), el par de maleantes que decide secuestrarle, quienes asimismo rayan en un muy buen nivel. Atractivo aparte el caricaturesco guardia de seguridad del edificio, autodenominado Rambo, quien me recordó al “Termigaytor” –si la memoria no me está haciendo una de las suyas– de un cortometraje cruceño de años ha.
Tomás Bascopé nos dijo en  un encuentro de cineastas realizado en La Paz en 2010 que El Ascensor responde a un modelo totalmente clásico del  teatro, en donde lo más importante viene a ser la interpretación y los personajes, son quienes se encargan de guiar al espectador al  significado total de la obra.
El Ascensor  no intenta rescatar ninguna tradición urbana en Santa Cruz. Más bien expone  a personajes pertenecientes a un pueblo que pretende asímismo llamarse ciudad. Un pueblo que se encuentra con una imponente influencia de los migrantes del interior que están generando una fusión en su cultura y costumbres.  Trata de desnudar esa falta de  identidad, falta de comunicación y de diálogo  en el boliviano que vive en Santa Cruz.
El acceso a nuevas tecnologías y formatos, afirmaba el joven director, dio una gran versatilidad de trabajo y la  posibilidad de repetir las tomas necesarias  para sentirte satisfecho con la respuesta de los actores, sin el miedo al coste de la cinta. Te da la opción de ser perfeccionista sin tener un productor ogro gritándote ¡la cinta! Eso la hizo posible, puesto que al no tener recursos económicos  se filma con lo que se puede y se editó en la casa de un amigo con una PC.

Pablo Fernández antes de hacerse popular en la tele.
La iniciativa por reestrenar El Ascensor en La Paz surgió del encargado de programación Eduardo Calla, quien le propuso a Jorge Sierra, productor de “una gran película (como él mismo se refirió)”, que la cinta terminara su ciclo en el Multicine. “Todo esto se dió mientras nos tomábamos un café en Alexander al tiempo de negociar la próxima película de BolAr producciones, El juego de la silla", recuerda Sierra.
El también realizador continúa: “Creo que El Ascensor es una película que ha motivado la curiosidad en Bolivia, tanto por su producción como por su nivel. Los que la han visto han generado un potente boca a boca y será ese factor, más la expectativa de saber que es la última vez que estará en los cines, lo que llevará a la gente a verla. También tenemos el plus de que la película no ha sido pirateada, por lo que es la única forma de verla: en el cine”.
No está previsto un reestreno en otras ciudades del país. “En La Paz se estrenó y hemos decidido que en la misma capital termine el recorrido en cines. Luego estará en ciclos de cine nacional y cruceño, pero ya en un marco no comercial”.
Su ópera prima como director de largometraje, El juego de la silla, sería estrenada a fin de año. “Teníamos deseo de que sea en Octubre, pero dado que en esa fecha saldrán muchas películas con un género muy parecido, decidimos no competir, y tener vía libre en un mes menos saturado. Todo apunta a Diciembre”.
Pero cerremos con El Ascensor. Al día siguiente de verla, desde casa mandé un correo a todos mis alumnos diciéndoles de manera contundente y escueta: «Fui a verla ayer y es una buena película, así que... ESTÁN VOLUNTARIAMENTE OBLIGADOS A VER EL ASCENSOR». La misma sugerencia va para todas y todos ustedes ;)

Los protagonistas en el cubículo donde pasa todo.
 
IMÁGENES: BOLAR PRODUCCIONES.

20/8/12

Insurgentes: panegírico absurdum in extremis



Salgo de ver Insurgentes en su primera función en la Cinemateca Boliviana (vermut de este jueves 16 de agosto). Todavía sonrío con los errores de sintaxis en los créditos finales, así como en un par de subtitulados durante la proyección de la cinta, entre las 17:09 y las 18:24, según los apuntes en mi cuaderno acompañante. Es el problema, quizás, de hacer las cosas a la rápida. Y no sólo ahora; ya le pasó a Jorge Sanjinés (La Paz, 1936) con Los hijos del último jardín (2004), cuya premura por estrenar impidió quitar secuencias, por decir lo menos al paso de los años y con todo cariño, ridículas —v.gr. la del pajarito antes que a los ladrones arrepentidos, pero hambrientos, les roben la plata que habían hurtado.
La fotografía de Juan Pablo Urioste es, cual se mostró ya en Di buen día a Papá, sólida, pulcra y muy bien trabajada. Algunos planos son verdaderas pinceladas de arte plástico y en ellos se nota, desde luego, el ojo tanto del realizador como del fotógrafo. La música de Cergio Prudencio y la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, que no colaboran por primera vez a Sanjinés, también ayudan, sobre todo cuando corren los créditos y se escucha de fondo, entre otras, la voz de Karina Stepanian en una suerte de elegía con ribetes de ópera. La producción de Victoria Guerrero, quien trabajó entre otros filmes en El corazón de Jesús y Di buen día a papá, recorrió distintos puntos de Bolivia y supo aprovechar lo mejor de cada locación —algunas demasiado bien buscadas, sello del director—, aunque puede decirse tiene un punto flaco en lo que a vestuario se refiere, pues más de una secuencia alusiva al cerco a La Paz o aquella donde la tropa de combatientes del Chaco deambula por un camino muestran indumentarias demasiado limpias y completas como para hacerse creíbles.

Cambia, todo cambia…
Son los puntos a favor de Insurgentes. (Casi) Todo lo demás, triste es decirlo, son autogolazos. El sonido directo registrado por Luis Bolívar sería perfecto, un 100/100 impecable, si no fuera por algo en la banda sonora que no sabemos si es cosa suya o de la posproducción. Cierta secuencia donde supuestos criollos y españoles asustados por el cerco de Túpaj Katari, maquinan la represión a los indios. Primer yerro: no hay mínima coordinación de lip sinc –coordinación labial– entre lo que presuntamente dicen los actores doblados jocosamente (la voz de Ricardo Bajo me hizo tronchar de risa, para sorpresa de las cuatro personas mayores y la niña que estaban en la sala conmigo) y lo que se escucha. Gol en contra a la propuesta sonora, por lo demás, vale iterarlo, bastante bien lograda.
Sanjinés con el view-finder armando un encuadre.
¿Existe dramaturgia en Insurgentes? Sanjinés, en uno de los escasos contactos con periodistas que le disgusta tener —sacarle fotografías o llevarle a un set televisivo son tareas cuasi imposibles—, refirió que no hay un guión detrás de la autodefinida cinta de docuficción. Y hagamos hincapié, primero, en lo de autodefinida: una película de docuficción, según Enrique Martínez-Salanova Sánchez, es “un tipo de película ficción que recrea ambientes y situaciones reales, con técnicas de filmación documentales. Es muy común en películas de denuncia”. Asimismo, y este es aporte de cuño propio, debe tener imágenes registradas en el momento en que sucedían los hechos y, claro, lo demás son recreaciones. El único segmento que responde a esta premisa en Insurgentes es la proyección, en un televisor de pantalla de plasma en pleno 22 de enero de 2006 (dejo a los peritos en importación de últimas tecnologías al país el detalle cronológico), de la posesión del ciudadano Juan Evo Morales Ayma como presidente y fragmentos —breves, Deo gratias— de su discurso primigenio. Esto, además de algunas fotografías para mostrar lo que pasaba en el frente de batalla en la Guerra del Chaco o alguna postal de la masacre de Kuruyuki, ocupa (siendo exagerados) cinco minutos de la proyección; todo lo restante es recreación o mera ficción, como la secuencia descrita que ocurre en un club de golf, donde la charla entre los concurrentes alcanza ribetes insuperablemente burdos.
Sigamos con la inexistente dramaturgia. Como guionista y profesor de la materia, lo mímimo que debo dominar es no perder nunca de vista el punto al cual quiero llegar con mi relato ni dejar de crear expectativa en el respetable. Lo segundo, podemos decir, se cumple en Insurgentes: Jorge quiso ensalzar una vez más a los caudillos indígenas y encontró el summum, como muchos, en la presidencia de Evo Morales. Fue su gusto y objetivo, ha realizado un panegírico grandilocuente, pero asimismo con yerros subconscientes, por decirlo de alguna manera. Casi al final de la proyección, en el teleférico que lleva al Cristo de la Concordia en la Llajta, se ve en los carritos de subida, entre otros, a Gualberto Villarroel, Pablo Zárate Willka, Túpaj Katari, Bartolina Sisa y Apiaguaiqui Tumpa. Y en uno de los de bajada (los demás están estratégicamente vacíos), al presidente Evo Morales y su edecán. ¿Quiso Sanjinés retrotraerse a la mitología religiosa judeocristiana de que quienes ya cumplieron y lo hicieron bien ascienden al Paraíso, y quien aún tiene cosas por hacer baja a integrarse con el resto de mundanos, al mejor estilo de un Mesías? ¿O es sólo una distracción nada menor en la excesiva puesta en escena?
Y lo de excesivo tampoco es gratuito. La proyección arranca con unos cartones (textos escritos sobre la pantalla con fondo negro) que van mostrando la tesis Sanjineana. Pueden leerse los mismos textos en la página web de Insurgentes, ingresando al apartado “La idea” del segmento “La película”. Y luego inicia el juego, al mejor —o peor, según el gusto— estilo de Rayuela de Cortázar: a salto de mata se nos presenta a José Manuel Pando (encarnado por el colega y amigo Alejandro Zárate) recibiendo un texto de manos de un subalterno (Gory Patiño) en que se exponen las ideas naturistas antiindigenistas de la época (1899). Ninguna novedad para alguien letrado, pues los textos de esas décadas incluían ‘lindezas’ como que el aborígen “es bruto y retraído porque no puede evitarlo”, manifestadas por naturistas como Darwin y sus contemporáneos, refutadas con el paso del tiempo aunque algunos resabios, lo sabemos, quedan todavía. Luego vemos el colgamiento de Gualberto Villarroel —meritoria, por el valor de hacerla, actuación; desconozco muchos detalles de la vida del militar mestizo cochabambino, pero sí admito ha dejado profunda huella en el pueblo.
Los campesinos sitiadores tratan de entrar a La Paz.
El siguiente salto nos retrotrae a la época pre Guerra del Chaco, mientras la voz en off del propio Jorge Sanjinés como narrador —algo sobre lo que vuelvo luego— puntualiza que la cultura aymara, presuntamente descendiente de la tihuanacota, “privilegia el jiwasa (nosotros inclusivo) antes que el nayax (yo, la individualidad)”. Salto hacia el final de la contienda bélica fratricida, con una caravana de soldados que marcha por un camino de herradura y un grito en off que nos deja pensando: “¡Socialismo ahora!”. No podemos negar que tras la guerra surgieron nuevas ideas, empezamos a mirarnos las pelusas del ombligo como país y aparecieron, entre otras cosas, los sindicatos, la logia Razón de Patria (Radepa) y partidos políticos como el MNR y el POR, pero de ahí a proponer socialismo creo es una elipsis demasiado disonante. Una vez más, lo dejo a criterio de cada uno.
Y el pastiche de situaciones sigue. Ahora estamos con Eduardo Nina Quispe, un indígena autodidacta que trabajó la educación de sus congéneres en la clandestinidad. Nobleza obliga, antes de ver Insurgentes creo nunca escuché hablar o leí sobre el señor Nina Quispe, aunque los textos de historia no están ni estuvieron jamás entre mis preferidos, en parte por aquel argumento de Litto Nebbia que le da razón a Sanjinés: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oír que oiga. Nina Quispe vivió en la década de los 20 del siglo pasado y fue detenido por la soldadesca cuando se reclutaba por la fuerza para mandar tropas al Chaco, aunque se perdió en el camino, explica el narrador/realizador.
Vendrán luego las imágenes de la ejecución de Pablo Zárate (a) Willka —el elegido—, un acierto en cásting; la batalla de Kuruyuki, con una interesante recreación de lo sucedido en 1892; el entierro de Juan Wallparrimachi en 1814, con Juana Azurduy como indolente testiga (si era su brazo derecho, ¿no debiera cuando menos verter algunas lágrimas?); el cerco de 1781 a La Paz, lo mejor y más extenso en las puestas en escena, aunque sin llegar a la impecabilidad que se le puede y debe exigir a uno de los maestros del cine boliviano y mundial; la tunkuña desemboca, finalmente, en recreaciones de la Guerra del Agua en 2000 y el Octubre negro en 2003. Todo pensado, calculado y previsto para ensalzar el indigenismo, en coherencia discursiva con lo ya hecho por el realizador de la insuperable La nación clandestina, pero asimismo con un desatino total de cálculo: esta misma megaproducción —en los corillos cinematográficos se habla de alrededor de un millón de dólares para hacer realidad la película, cifra obscena para un país como el nuestro pero irrisoria para otros como el vecino Brasil—, estrenada en 2006 cuando el ‘Evo fashion’ mundial estaba en su auge, hubiera sido un suceso de taquilla y propagandístico impajaritable.

Pablo Zárate "Willka", lejos lo mejor del casting.
Mi alma está partida en dos por ti…
Teoría y práctica de un cine junto al pueblo. Jorge Sanjinés y Grupo Ukamau, segunda edición, 1980. La ficha bibliográfica nos remite a la primera tesis escrita del director, entre otras, de Ukamau, Yawar Mallku (incluida en las 100 películas del mundo que la Unesco preservaría) y El coraje del pueblo. En esas páginas se ponen varios principios para ese cine junto al pueblo, propugnado por Sanjinés y el ahora unimembre Grupo Ukamau, que han sido pisoteados y quebrantados con Insurgentes —y al menos sus dos películas anteriores también, todo hay que decirlo.
«La carencia de una forma creativa coherente reduce su eficacia, aniquila la dinámica ideológica del contenido y sólo nos enseña los contornos y la superficialidad, sin entregarnos ninguna esencia, ninguna humanidad, ningún amor, categorías que sólo pueden surgir por vías de la expresión sensible, capaz de penetrar en la verdad» (Sanjinés, Jorge y Grupo Ukamau. Teoría y práctica de un cine junto al pueblo. México. 2ª ed, 1980. Pág. 58).
Insurgentes tiene o puede tener todo menos una coherencia narrativa clara. Si bien el objetivo de la égloga se consigue, la penetración en la verdad es, por decir lo menos, demasiado subjetiva, tergiversada y antojadiza. Se ve lo que se quiere ver o, para ser más explícitos, se muestra sólo aquello que, en criterio del director, sirve para ensalzar a los caudillos indígenas del pasado (aunque esto es relativo: no sabemos qué tan indígena haya sido el coronel mestizo Villarroel López, parte de una casta elitista como es o era la militar en el siglo anterior) y al que en la actualidad está en la presidencia por voto mayoritario. Es cierto que la objetividad no existe en el cine, pues la sola y nada mínima —a veces fortuita, sí, pero no nimia— escogencia del lugar donde se pone una cámara para cada encuadre ya implica una decisión. Y claro, en el caso de Sanjinés, una decisión política, porque él no va a prestarse a hacer publicidad y menos aún propaganda en el ocaso de su carrera.
«La comunicación en el arte revolucionario debe perseguir el desarrollo de la reflexión…
Pero la comunicabilidad no debe ceder AL FACILISMO SIMPLISTA. Para transmitir un contenido en su profundidad y esencia hace falta que la creación SE EXIJA EL MÁXIMO DE SU SENSIBILIDAD para captar y encontrar los RECURSOS ARTÍSTICOS MÁS ELEVADOS que puedan estar en correspondencia cultural con el destinatario, que inclusive CAPTEN LOS RITMOS INTERNOS CORRESPONDIENTES A LA MENTALIDAD, SENSIBILIDAD Y VISIÓN DE LA REALIDAD DE LOS DESTINATARIOS» (Op. cit., págs. 59-60. Subrayado mío).
Bartolina Sisa, Gregoria Apaza y Túpaj Katari.
Jorge Sanjinés retoma, después de muchos años, el papel de ser el Narrador mediante la voz en off en Insurgentes. Pero este regreso no es como volver a otear lo que se hizo en El coraje del pueblo, donde se expone lo que se va a ver, dando paso a la valerosa recreación de los mineros que vivieron las situaciones mostradas. Aquí, Sanjinés hace un salto retro erróneo y retoma la idea, muy en boga en los documentales de los años 40 a 70 del siglo anterior, de la “Voz omnisciente” (Voice of God, la voz de Dios para teóricos como Bill Nichols), donde el omnipresente sabe todo lo que ha pasado y va a suceder y lo explica, como quien le da sus cucharas de papilla al bebé, al iletrado e ígnaro público en la sala que, al parecer, por sí solo no puede comprender ni aprehender lo que está expectando y escuchando. Esta manera ‘paternalista’ de hacer las cosas fue abandonada por los documentalistas del mundo desde hace por lo menos tres décadas atrás por ser un facilismo simplista que atenta al intelecto y subvalúa al respetable, pero a Jorge le parece que esa instancia de enunciación unívoca y aun maniqueísta es uno de los recursos artísticos más elevados para capturar a sus destinatarios.
En El cine de Jorge Sanjinés, publicado por la Fundación para la Educación de las Artes y Media (Fedam) en 1999, el propio cineasta expone: “Nuestro cine, creo que logró esa simbiosis en las limitaciones de su especificidad: al desarrollar el ‘plano secuencia integral’ como mecanismo narrativo que se funda en la concepción cíclica del tiempo –propia del mundo andino–; al priorizar el protagonista colectivo sobre el protagonista individual –correspondiendo a la concepción andina de la armonía social; al conjugar el ‘suspenso’ como recurso típico del cine occidental creando un ‘distanciamiento’ reflexivo; al minimizar el uso del ‘primer plano’ o ‘close up’; al trabajar con los mismos protagonistas de hechos históricos como actores, etc.” (El cine de Jorge Sanjinés. Santa Cruz, Bolivia, 1999. Pág. 19).
Nada de esto se ve en Insurgentes, cinta que una vez más (y van tres luego de La nación clandestina, cumbre y mejor paradigma del Plano secuencia integral) rompe los modelos narrativos que habían sido el sostén de las tesis políticas del grupo Ukamau. Es cierto que no se conoce suspenso en Insurgentes —más de una vez puede uno acabar, consciente ó no, mirando el reloj o la puerta de la sala—, pero asimismo dudamos se llegue al ‘distanciamiento reflexivo’ porque el andar de saltimbanquis de acá para allá y decodificar tanta información (nueva o no, dependerá de cada quien) que se va recibiendo impide cualquier conato de meditación y análisis.

Sanjinés y parte de su equipo en rodaje.

El tiempo pasa y el amor no lo reflejo como ayer…
Jorge Sanjinés apareció de manera deslumbrante en el cine boliviano y mundial con Revolución (1962). Un lustro luego hizo Ukamau y desde allí su carrera de lucha contra el imperialismo, en plena Guerra fría y con dos bandos ideológicamente antagónicos muy bien marcados en el planeta, fue parte de un movimiento global que en 1989, cuando él estreno la mítica La nación clandestina, vio caer a uno de los lados con la demolición del muro de Berlín y.la desaparición posterior de la ex URSS. En ese contexto, ¿qué hace un cineasta de izquierdas si la zurda parece haber muerto, como en algún momento dijo Fukuyama que incluso le dio pésame a la historia?
En 1995 intentó reinventarse con Para recibir el canto de los pájaros, filme que recrea una anécdota real vivida por él y asimismo intenta hacer cine dentro del cine, pero llegó tarde porque ya habían pasado tres años del V Centenario, que era cuando la película pudo tener mejor acogida y repercusiones. Ni siquiera la inclusión de Geraldine Chaplin salva a la película de ser muchísimo menor que su galardonada predecesora. Los acontecimientos azarosos del país en 2003 (febrero y octubre negros) le encuentran en plena producción de Los hijos del último jardín  —lejos, el menor de todos sus largometrajes; tanto así que una retrospectiva de su filmografía que acoge por estos días el Cine municipal 6 de agosto no la incluye— y le dejan el vacío de la muerte de la insustituible y cada vez más entrañable Beatriz Palacios.
Casi una década después (aunque Los hijos… fue estrenada el 1º de enero de 2004), y con 75 años encima, Jorge emprende una nueva maratón —porque un rodaje y la realización de una película son tan exigentes como la prueba mayor del atletismo de fondo—, pero ya no es lo mismo, aunque se acompañe de gente que tiene la mitad de su edad o menos y el espíritu juvenil le contagie ánimos. Asimismo, sigue pensando el qué decir. Ya no hay un enemigo principal visible, alguien a quien explícitamente se le tenga que decir fuera de aquí, ni hay otra nación clandestina por mostrar, pues resulta que ahora los clandestinos e ilegales son quienes manejan la cosa pública y las gestiones del país.
En ese derrotero, la reinvención última apela a lo encomiástico. Una vez más se retoma la idea del campesino líder, inmaculado, pero no se ve que esa careta ya no se la cree casi nadie, al menos no en el mercado interno. Lo más triste es que al creador siempre se le recuerda por su obra más reciente y esta, para cerrar, es un discurso nada grato y menos digerible, salvo, claro, para quienes consideren al ciudadano Juan Evo Morales Ayma como una suerte de Mesías. Y de esos hay muchos en el estado actual de las cosas.

FOTOS: INSURGENTES.

20/7/12

El Ceibo, chocolates y mucho más desde la altura



El olor a chocolate llena el ambiente en la avenida Juan Pablo II, en la ciudad de El Alto, distante a 15 Km del centro de La Paz. Es un contraste delicioso con el aroma que expelen los vapores de los miles de vehículos que circulan por allí a diario pues la fábrica, donde se elaboran los 85 productos en base a cacao que procesa la Central Regional Agropecuaria Industrial de Cooperativas El Ceibo Ltda., está en pleno nudo comercial de esa ciudad de más de 1 millón de habitantes.
En unos meses más, El Ceibo tendrá un edificio Multicentro, un nuevo motivo de orgullo para los 1200 asociados a la Central, que aglutina a 50 cooperativas de base y da trabajo directo a 79 empleados en la fábrica, a 10 en las cinco agencias propias de que disponen —cuatro en La Paz y una en El Alto— y trabajo indirecto a cerca de 6000 familiares de los cooperativistas.
El Ceibo se creó en 1977. Su base agropecuaria principal está en la región de Alto Beni, 270 Km al norte de La Paz, colindante con el departamento de Beni.  Desde entonces han hecho avances constantes en su política productiva, lo cual les ha permitido dejar el monocultivo del cacao para cultivar asimismo frutas, vegetales y otros productos que les permite la zona tropical donde se sitúan los terrenos de sus asociados.
Algunas barras que se exportan.
La gama de productos que tienen está a disposición tanto del público boliviano como fuera del país. Exportan a países vecinos, a otros de Europa y a USA. Su oferta va desde cacao en grano y pasta base para chocolates, que compran fábricas en Alemania y Suiza, así como vendedores de Francia e Italia, hasta los denominados chocolates gourmet. Esta variedad incluye contrastes tan fuertes como la barra de chocolate negro con fragmentos de cacao orgánico y de sal proveniente del Salar de Uyuni, Potosí, considerado una de las maravillas naturales del planeta.

Más mujeres que varones
El trabajo desarrollado en estos años ha merecido distintos reconocimientos, como la denominación de “Capital del Cacao Orgánico de Bolivia” a la región de Alto Beni. El Ceibo es una organización que desarrolla toda la cadena productiva del cacao. Participa toda la familia, principalmente las mujeres, quienes son más dedicadas al cultivo y están en el proceso desde la siembra hasta la producción del chocolate como producto terminado. En la fábrica de El Alto, 41 son mujeres y 38 varones. Se trata de hijos e hijas de socios, quienes trabajan durante periodos de tres a cuatro años, que en algunos casos pueden ser renovados por ocho o más años.
Bernardo Apaza Llusco.
“De la Cooperativa El Ceibo viajan con regularidad a Europa productores, responsables de áreas, el directorio, la gerencia. De esa manera hacemos conocer lo que es El Ceibo allá. Hemos visitado algunas fábricas en Suiza. Ellos nos muestran cómo es su trabajo y tenemos personal nuestro que se capacita allí durante varios meses”, explica Bernardo Apaza Llusco, hasta abril pasado Gerente Comercial de El Ceibo y socio de la cooperativa de base Nueva Florida.

El anhelado Multicentro
Por su parte, Eleo Mamani Trujillo, de 26 años, ex Gerente General de El Ceibo y Administrador de Empresas, sostiene que el Multicentro es un proyecto soñado. “Estamos trabajando en él desde la gestión 2009 y ahora lo estamos haciendo realidad. Este proyecto estará al servicio de toda la población alteña. El Patio de Comidas tendrá una superficie de 1200 m2. El auditorio, una capacidad para 400 personas. Habrá oficinas corporativas y un patio de juegos”, refiere.
Se prevé alquilar oficinas en cuatro de los cinco pisos. El último será ocupado por el Patio de Comidas, que tendrá una exquisita vista panorámica de la ciudad de La Paz y, de manera especial, del volcán nevado Illimani, uno de sus iconos. Si todo va dentro de lo previsto, se confía inaugurarlo el 20 de octubre próximo.

Francisco Reynaga Berríos.
Casas propias y expansión de los cooperativistas
Otro proyecto fuerte al que apunta la actual directiva, cuya gestión termina en marzo, es el de la  construcción de viviendas familiares para todos los socios. Con ese afán se adquirió un terreno de 1090 has en Alto Beni. “Yo espero que se beneficien al menos 500 de nuestros 1200 afiliados”, afirma Francisco Reynaga Berríos, past Presidente del Consejo de Administración de El Ceibo. Por ahora se busca un arquitecto con experiencia en diseñar planos urbanísticos para un clima tropical.
Asimismo se tratará de ir más hacia el norte de Alto Beni. “Estamos trabajando con el gobierno municipal de Ixiamas. Ojalá que este año podamos lograr ese objetivo también, pues mínimo necesitamos 200 has”, sostiene Reynaga.
El presupuesto anual de la Central de Cooperativas El Ceibo es de 1 millón de dólares, que se llega a ejecutar en su totalidad. En algún caso, cuando se presentan oportunidades de inversión, incluso lo sobrepasan. “Yo creo que la exportación significa un 40% de nuestros ingresos, mientras que el mercado interno nos cubre el 60% de ganancias. Hay pedidos inmediatos para exportar este año a Santiago de Chile”, enfatiza el past Presidente.
El chocolate El Ceibo se comercializa en La Paz desde mediados de los 90. El primer producto que desarrollaron fueron los ‘Ceibolitos’, pequeñas barras de chocolate de leche puro, con quinua, con amaranto ó con maní.  Ahora su presencia es nacional.
Y es que no importa como ni a qué hora del día, nada más delicioso que un chocolate. Y si es de El Ceibo, aún mejor. ¿Usted ya los probó?

FOTOS: EL CEIBO, LUCIO VALDIVIA.