1/2/11

¡Primero día de clases!!!

Hoy retornaron escolares y colegiales de casi todo el país –en Trinidad, Beni, lo harán en dos semanas por el dengue– a pasar clases. Como es usual, el presidente aprovechó el acto inaugural. Pero más allá de esos actos aburridos y demagógicos, creo que a todos nos hace evocar cuando llegaba el término de las vacaciones y debíamos retomar los útiles.

Mi primero día de clases escolares en sensu stricto fue bastante particular. Como mis tíos estaban ya en colegio desde que nací, había aprendido a leer, escribir y las operaciones aritméticas básicas en casa. El año que me tocaba 1º Básico –no de Primaria como le volvieron a poner después– me lo pasé en Potosí y por alguna razón (intuyo falta de los papeles respectivos) no me inscribieron, pero cuando mis primos llegaban de clases yo también me ponía con ellos a “hacer tareas”.

Así, ya con siete años cumplidos, me llevaron al colegio a iniciar mi (de)formación educacional, como dijo Shaw. Apenas pasados los saludos usuales –no recuerdo alguna escena particular de esas de llanto que vi después–, la profesora, a quien decíamos “Miss” supongo por el nombre en inglés del establecimiento, se dio cuenta que ya estaba avanzado para el nivel de mis compañeros del 1º y, Deo Gratias, lo reportó al director del establecimiento.

Me tomaron un examen que incluía dictado, silabeo, sumas y restas. Luego, la entrevista pertinente en la que hasta me animé a charlar un poquito en inglés, causando total sorpresa en el señor, quien sin más trámites me despachó al 2º –sólo había un paralelo de cada curso–. Así, en menos de una hora hice todo el primero año.

El segundo gran primero día de clases en mi memoria se dio cuando cambié de colegio. Ya tenía 11 años y también cambiaba de ciclo, de Básico a Intermedio. El nuevo establecimiento ya me había conquistado –y apabullado– cuando fui a dar las pruebas de Lenguaje, Matemáticas e Inglés que nos exigían a los postulantes. Ese primero día me llevaron al colegio (si voy a ser sincero no recuerdo quién; supongo mi papá, porque mi hermana era bebé y mi mamá debió quedarse en casa con ella) y me gustó el acto de formación colectiva antes de ingresar a las aulas.

Luego, claro, vino el ir estableciendo amistades, disfrutar de los partidos de fútbol sala (le llamábamos ‘fulbito’), aprender los nuevos códigos –como ese que te obligaba a comer las salteñas que vendían frente al colegio con pericia, porque si no pagabas el consumo de todos– y empaparse de distintas cosas del espíritu colegial.

No recuerdo bien si fue en 3º Intermedio ó 1º Medio, pero me retrasé en el primero día de clases y me gustó la idea. Es decir, llegar tarde, no estar durante la primera hora de clase –tenían la costumbre de mandarte a un aula vacía, denominada “de estudio”, en la que los tardones hacíamos de todo menos, precisamente, estudiar– y pasársela en plan de jarana desde el inicial de los 200 días lectivos. Conclusión: se volvió norma. Desde esa vez, incluso en la universidad, siempre el primero día de clases como alumno llegué tarde (el primero como docente es otra cosa, pero vuelvo sobre él luego).

En 2º Medio se me ocurrió experimentar. Y decidí tentar a quedarme en Tupiza, donde vivían mi abuelo, tíos y primos. ¿Rebelde sin causa? ¿Manifiesto de independencia quinceañero? ¿Ganas por dejar el nido un tiempo y experimentar la vida de pueblo que tan bien me trataba durante las vacaciones? Quizás las tres juntas. Sea como fuere, el experimento se frustró gracias al profesor de Matemáticas, un señor de apellido Vargas a quien mis compañeros apodaban, no carentes de malicia, ‘Calculín’.

El homónimo del célebre personaje de Anteojito se dio cuenta, en la primera clase, que el nivel del colegio tupiceño estaba bastante alejado del paceño (cosas del centralismo, diría alguien; problemas que me temo aún persisten entre los establecimientos capitalinos y los de provincias en Bolivia, digo yo), y que el único perjudicado acabaría siendo yo, además claro de ser candidato número 1 a convertirme en “líder negativo” (tomo la denominación de una que le achacaron a mi hermano, y quede claro que quien lo hizo fue una psicóloga con posgrado en pedagogía, de la cual me reí en su cara por su ridiculez).

El siguiente primero día de clases trascendente –bueno, hasta por ahí nomás– fue el de preuniversitario. Una masa homogénea de 400 adolescentes embutidos (literal) en el Pabellón ‘A’ –un galpón con desnivel habilitado como aula, que obligaba a los docentes a gritar como verracos– de la UMSA. Reencuentro con cursos mixtos –en básico tenía compañeras de aula; entre intermedio y medio estuve en salones de sólo varones– y la lucha en la jungla por llegar primero a la carrera universitaria. Como el pensum era semestral, la rutina del primero día se hizo intrascendente a la larga.

Y finalmente –por ahora– llega ese primero día como ‘profe’, ‘licenciado’ ó ‘cate’. El primigenio fue casi siete años atrás en la Escuela de Cine y Artes Audiovisuales, ante un grupo (12 en total) de adolescentes, jóvenes y una adulta que aceptaron mis locuras, sarcasmos y recomendaciones en su acercamiento al mundo audiovisual. Es distinto cuando uno es quien está a cargo de todo el show que pasa en la clase, pero al mismo tiempo tiene sus ventajas y muy gratos momentos, que quienes han vivido sabrán valorar.

A la edad que sea, ese primero día de clases siempre resulta peculiar. Por las personas que uno va conociendo –sólo en la promoción, si no me equivoco, no me tocó tener compañeros desconocidos–; las presentaciones variopintas que hacen los disertantes –cuando uno es estudiante– ó el ‘rayado de cancha’ que se hace cuando se es quien dicta; y todas las demás situaciones que se van presentando en esa jornada en la que casi todos muestran alegría por haber vuelto a clases.

FOTO: ABI.BO

24/1/11

Ese correteo loco para el día de Alasitas

Cada 24 de enero, cuando llega el mediodía, la ciudad de La Paz enloquece. Y si bien no es una capital muy cuerda –empezando por su peculiar topografía–, esa jornada particular se lleva la flor. A las 12:00, según reza la tradición, se DEBE tener los objetos en miniatura –mejor si son regalados; no importa si han sido comprados por uno mismo– sahumados por el yatiri (o émulo de este) y bendecidos por algún cura.

Quizás por eso es que las puertas de las iglesias se ven abarrotadas de gente. Y casi ningún templo es pasado por alto: desde los habituales como la Catedral Mayor, la de San Francisco, las iglesias de El Prado, San Pedro o San Miguel, hasta casi cualquier otra donde el párroco decida dar cabida a la usanza que combina paganismo y devoción como tantas otras en la urbe paceña.

Pero claro, la cosa no empieza ni acaba ese día. En realidad, la fiesta de las Alasitas y el Ekeko (Iqiqu, en aymara) comienza como a mediados de octubre, cuando algunas imprentas –sobre todo “MAQUEV” (Morir Antes Que Esclavos Vivir, como dice el coro del himno nacional), propiedad de Rómulo Sanjinés– empiezan los diseños en pequeño de los productos que han incursionado en el mercado. Es un verdadero arte de maquetismo, aunque las facilidades de la tecnología ayuden muchísimo.

Cuando yo era niño me decían que los distintos sacos, botellas y otras reproducciones en miniatura contenían el producto verdadero. Alguna vez destripe un costal de café y era cierto; en otra ingerí el líquido de una botellita de Coca Cola y sólo era agua teñida. Ahora dudo mucho que las cajas y envases contengan algo, aunque tienen cierto peso que da para pensar y creer todavía aquello.

El 24 de enero asimismo comienza la feria, ahora instalada en el Campo Ferial Municipal situado en el Parque Urbano Central –Avenida del Ejército, detrás de la UMSA y frente al Teatro al Aire Libre, para quienes conocen mi amada ciudad natal–, que suele prolongarse unas tres, incluso cuatro semanas. Muchas cosas de las que se venden son "Made in China" y otro enorme sector del campo ferial está ocupado por las comideras (señoras que venden posko api, plato paceño y otras delicias culinarias, así como las que elaboran repostería en miniatura y comercian sus pasteles por docenas o unidad, según el tamaño), pero esta feria tradicional sigue cautivando a propios y extraños.

Para los periodistas de La Paz también es una jornada de divertimento. Aunque implica bastante trabajo y mucha mayor creatividad, se preparan los ejemplares con verdadera alegría y sosiego. Y es que la costumbre de los impresos pequeños, dignos ejemplares de mordacidad, sorna y sátiras, permite muchas veces a los periodistas decir sobre quienes usualmente son fuentes de noticias serias cosas que de otra manera, por responsabilidad y por manejos éticos, no podrían decirse. Cuando trabajaba en Última Hora me dedique a llenar páginas para un par de suplementos y debo admitir que tal práctica me encantó.

La praxis dice que uno debe adquirir en pequeño las cosas que desea tener en tamaño normal. Claro, el sortilegio muchas veces no se cumple –como en el caso de los gallos, para las mujeres sin pareja, o las gallinas, para los varones ídem, de las que boté unas cuantas a la basura a fines del año pasado–, pero depende de la fe y el empeño que uno ponga en que se concreten. Por si acaso, ya son más de veinte años que siempre tengo billetes de Alasitas en mi billetera, en parte porque quien solía comprarlos cada 24 era mi papá y también porque desde que lo hago la invocación ha surtido, quizás no en las cantidades ansiadas pero sí para la subsistencia.

Ahora me voy. Debo ir a buscar algunas cosas en la réplica de la feria que se instala en la plaza de San Pedro y como suele pasar, se ha declarado un día lluvioso en La Paz que sin embargo no impedirá el correteo del mediodía. ¡Felices Alasitas, paceños y no paceños!

FOTOS: MADDYSWELT/FLICKR.COM.

14/1/11

Gracias, INE

Semblanza al Lic. Freddy Carranza Tapia

Los tiempos pasan, las personas pasan, pero los hechos quedan, existen personas que dejan huella en el gran camino de la vida, esta permite tomar ejemplo de personas que dieron de sí en realizar hechos grandes y notables.

Es el caso del Lic. Freddy Carranza Tapia, quien en el área de la Estadística, empezó estudiando el año 1978 en la carrera de Estadística en la Universidad Mayor de San Andrés, siendo uno de los pioneros, posteriormente en ese mismo tiempo realizó la función pública ingresando a trabajar al Instituto Nacional de Estadística a la división de Censos y Encuestas.

Al fortalecerse en su trabajo, empezó a apoyar en labores estadísticas a muchas personas y lo cual le permitió elaborar metodologías de trabajos en muestreo, encuestas, cartografía y censos.

Ocupó en varias ocasiones la dirección de Censos y Encuestas, Muestreo: en los años 1992 en ocasión del Censo Nacional de Población y Vivienda, elaboró la Metodología de Control de Calidad del censo.


Se empeñaba en hacer fácil, muy fácil lo difícil para que pudiéramos entenderlo y siempre con una cuota de fino humor, que hacía del conocimiento científico algo fácilmente alcanzable y realizable.

Una amabilidad para con todos y cada uno de nosotros, un sentido estricto de colaborar y apoyar permanentemente a quien lo solicitara, una paciencia sin fin a la hora de responder a nuestras dudas, cualidades todas que decían que además de estar escuchando a un excelente profesional y docente, nos encontrábamos ante un excepcional ser humano.

No cabe ninguna duda que su influencia fue decisiva. Él amaba lo que hacía y ese amor se translucía en su forma de enseñar, nos lo contagiaba. Siempre está consultando textos, libros, apoyando en la edición de algunos documentos metodológicos: esa visita a la biblioteca hacía que conozca lo que pasaba en el INE y establecía la relación con la sociedad.

Para todos los que conocimos a Freddy, sabemos que este joven se hizo grande gracias a la guía de sus padres y a su gran inventiva e iniciativa en querer ser siempre profesional, él amaba e hizo de su vida al INE.

Si algo nos enseñó esta ALMA GRANDE, es que comentaba con la gente la expresión siguiente: “VIVE, VIVE CADA MOMENTO DE TU VIDA COMO SI FUERA EL ÚLTIMO Y VIVE AGRADECIDO DE LO QUE DIOS TE HA DADO, QUE TIENES EN EL FONDO MÁS DE LO QUE TÚ MISMO CREES; PORQUE SI NO LO HACES, MI PASO BREVE POR EL MUNDO DE NADA HUBIERA VALIDO”.

Apasionado siempre, buen orador y erudito. Sus posiciones siempre vanguardistas y radicales; para él no existían las medias tintas: sentía lo que hacía y lo contagiaba a los demás, ponía el alma en lo que hacía, igual daba el tema que le ocupase. Persona amena de la que siempre se aprende algo, homenaje para contribuir al engrandecimiento de su figura con un profundo agradecimiento y nos sentimos orgullosos de él.

Hoy como sigue vivo en el corazón de los que tuvimos la suerte de conocerlo y está presente entre nosotros. Por siempre nuestra admiración por su persona y nuestro emocionado recuerdo para el amigo, compañero de trabajo, gran profesional en el convencimiento pleno de que Dios te tiene en su gloria.

Freddy, un agradecimiento de los amigos que te conocimos.

FOTOS: CHESCODM.